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Index librorum prohibitorum

El Index librorum prohibitorum et expurgatorum, en español “Índice de libros prohibidos”, también llamado Index expurgatorius, es una lista de aquellas publicaciones que la Iglesia Católica catalogó como libros perniciosos para la fe; además establecía, en su primera parte, las normas de la iglesia con respecto a la censura de los libros. La última edición data de 1948 y, aunque se siguieron incorporando títulos hasta 1961, una provisión de 1966 decretó que no se siguiera renovando.

Historia

Fue creado en 1559 por la Sagrada Congregación de la Inquisición de la Iglesia Católica Romana (posteriormente llamada la Congregación para la Doctrina de la Fe). El Index contenía nombres de autores cuyas obras estaban prohibidas en su totalidad, obras aisladas de otros autores o anónimas y también un detallado repertorio de los capítulos, páginas o líneas que debían ser cortados o tachados. Esta labor correspondía a los bibliotecarios, que debían ocuparse de ellas antes de dejar los libros en manos de los lectores. Por ejemplo, en la edición de 1632 (página 63) se indica que en el Dioscórides de Andrés Laguna, un libro de Materia medica, debe tacharse la frase «siémbranse con maldiciones las Albahacas y, según Plinio, crecen muy viciosas con ellas» («viciosas» alude aquí a vigorosas). En la misma página se explica que frases como la anterior deben borrarse por encontrarse en lengua vulgar, accesible pues al vulgo, pero que no lo necesitarían si estuvieran en latín o griego. Los autores contemporáneos a la decisión censora podían elegir omitir ellos mismos en sucesivas ediciones los párrafos censurados. Así Cervantes tuvo que suprimir del Quijote, entre otras la frase «…las obras de caridad que se hacen tibia y flojamente no tienen mérito ni valen nada» (2.ª parte, capítulo 36). El Index fomentaba así la autocensura por los propios autores.

Para el mantenimiento del Index después de la primera edición, de Pío V, se instituyó en 1571 la Sagrada Congregación del Índice. El Índice fue actualizado regularmente hasta su suspensión, en 1966, con materiales que se fueron agregando tanto por la Congregación como por el Papa. Otras congregaciones, como el Santo Oficio, pasaban a la anterior sus propias correcciones, para que las incorporara. Al final la lista debía ser aprobada por el Papa, que podía indultar a algún autor o añadir otro, como ocurrió en el caso de Lamennais.

La lista incluyó a autores literarios como Rabelais (obra completa) o La Fontaine (Contes et nouvelles), pensadores como Descartes o Montesquieu y científicos o protocientíficos como Conrad Gessner o Copérnico. Este último entró en la lista como consecuencia del proceso de la Inquisición contra Galileo, por un decreto de la Congregación General del Índice de 5 de marzo de 1616, que obligaba expurgar ciertos pasajes, incompatibles con la fe, que mostraban como seguro que la Tierra se mueve en torno a un Sol inmóvil (teoría heliocéntrica).1 Las enmiendas fueron publicadas en 1620, pero la obra de Copérnico (De revolutionibus orbis coelestium) no salió del Index hasta 1758. Johannes Kepler, que defendió en 1618 el heliocentrismo de Copérnico, fue a su vez incluido en el Índice.

La trigésima segunda edición, de 1948, última publicada, contenía aproximadamente 4 000 títulos censurados por varias razones: herejía, deficiencia moral, sexo explícito, inexactitudes políticas, entre otras. La lista incluía junto a una parte de la lista histórica, buena parte de los novelistas del siglo XIX, como Zola o Balzac, cuyas obras estaban prohibidas completas, o Victor Hugo, del que Los miserables no fueron retirados hasta 1959. Entre los pensadores se encuentran Michel de Montaigne (los Ensayos), Descartes (varias obras, incluidas las Meditaciones metafísicas), Pascal (Pensées), Montesquieu (Lettres persannes), Spinoza (Opera Posthuma publicada en 1677, que contenía no sólo su Tratado teológico-político, sino también su Ética y su Tratado político, entre otros), David Hume, Kant (Crítica de la razón pura), Beccaria (De los delitos y las penas), Berkeley, Condorcet (Esquisse d’un tableau historique des progrès de l’esprit humain), o Bentham. Algunos autores modernos llegaron a tiempo de ser incluidos en la lista antes de su abolición, por ejemplo, Maurice Maeterlinck, cuyas obras fueron prohibidas íntegras, lo mismo que las de los autores siguientes: Anatole France (incluido en 1922),2 André Gide (1952)2 o Jean Paul Sartre (1959).2 Otra inclusión significativa es la del sexólogo holandés Theodoor Hendrik van de Velde, autor del manual de sexo El matrimonio perfecto, en el que se animaba a los matrimonios a disfrutar del sexo.

Los autores notables por su ateísmo, como Schopenhauer, Marx o Nietzsche, o por su hostilidad a la Iglesia Católica, no suelen figurar en el Índice, puesto que tales lecturas están prohibidas ipso facto. Se incluye, más bien, a aquellos autores y obras de los que los fieles pueden no ser inmediatamente conscientes de que sus posiciones son gravemente contrarias a la doctrina de la Iglesia, como Erasmo de Rotterdam, Michel de Montaigne, La evolución creadora, de Henri Bergson o, por ejemplo, las actas del Congrès d’histoire du christianisme (Congreso de historia del cristianismo) de 1933.

Algunos de los títulos integraron este índice por tener un contenido político definido: en 1926, la revista “Acción francesa”, que defendía causas de extrema derecha, fue puesta en la lista.

Los efectos de este índice se sintieron por todos lados, más allá del mundo católico. Durante muchos años, en lugares como Quebec, España, Italia y Polonia (países católicos), fue muy difícil encontrar copias de estos libros, especialmente fuera de las grandes ciudades.

Final del Index

Como lista oficial y la excomunión que implicaba su lectura, fue abandonada en el 14 de junio de 1966, bajo el papado de Pablo VI, seguidamente del final del Concilio Vaticano II y en gran parte debido a consideraciones prácticas. No obstante puede ser considerado un pecado venial para los católicos el hecho de leer libros que eran injuriosos contra la fe o la moral católica.

El Vaticano, sin embargo, hizo públicas nuevas regulaciones acerca de libros, escritura y medios de difusión, que incluyó en dos artículos del actual Código de Derecho Canónico:

831

1-Sin causa justa y razonable, no escriban nada los fieles en periódicos, folletos o revistas que de modo manifiesto suelen atacar a la religión católica o las buenas costumbres; los clérigos y los miembros de institutos religiosos sólo pueden hacerlo con licencia del Ordinario del lugar
2-Compete a la Conferencia Episcopal dar normas acerca de los requisitos necesarios para que clérigos o miembros de institutos religiosos puedan tomar parte en emisiones de radio o de televisión en las que se trate de cuestiones referentes a la doctrina católica o a las costumbres.

832

Los miembros de institutos religiosos necesitan también licencia de su Superior mayor, conforme a la norma de las constituciones, para publicar escritos que se refieran a cuestiones de religión o de costumbres.

Autores u obras prohibidas

En la primera edición (1559) aparecían tres listas que agrupaban:

Todas las obras y escritos de un autor prohibido.
Libros específicos de un autor prohibido.
Escritos específicos de un autor incierto.

Algunos autores notables cuya obra completa integraba la lista son los siguientes:

Erasmo de Rotterdam (1500)
François Rabelais
Giordano Bruno
René Descartes (1633)
Thomas Hobbes (1649-1703)
David Hume (1761-1872)
Denis Diderot
Honoré de Balzac
Émile Zola (1894-1898)
Anatole France (1922)
Henri Bergson (en 1914)
Maurice Maeterlinck
André Gide (1952)
Jean-Paul Sartre (1959)

Entre los libros específicos se encontraban:

De revolutionibus orbium coelestium de Nicolás Copérnico (1616)
In Job Commentaria de Diego de Zuñiga (1616)
Ensayos de Michel de Montaigne (1676)
The arrangment de Francis Bacon (1668)
Los libros filosóficos de René Descartes (en 1663)
Pensées, avec les notes de Voltaire de Blaise Pascal (1789)
Pamela o la virtud recompensada de Samuel Richardson (1740)
El contrato social y Emilio, o De la educación de Jean-Jacques Rousseau
Crítica de la razón pura de Immanuel Kant (1827)
Historia de la decadencia y caída del Imperio romano de Edward Gibbon (1873)
Justine y Juliette del Marqués de Sade
Science de l’homme de Claude Henri Saint-Simon
De l’Allemagne de Heine (1836)
Los Papas romanos, su Iglesia y su Estado en los siglos XVI y XVII de Leopold von Ranke (1837)
Rojo y negro de Stendhal (1848)
Cours de philosophie positive de Auguste Comte (1864)
Los miserables y Nuestra Señora de París de Victor Hugo (1834-1869)
Algunas obras de Alexandre Dumas (padre) (1863)
Las novelas de George Sand (1840)
Principios de economía política de John Stuart Mill (1856)
Gran Diccionario Universal de Pierre Athanase Larousse
Madame Bovary de Gustave Flaubert (1864)
Varias obras de Alexandre Dumas (hijo) (en 1963)
Prólogo de Emilio Castelar a la Historia general de la masonería de G. Danton
Las novelas de Gabriele D’Annunzio (en 1911)
Lazarillo de Tormes, anonimo.

Fuente: Wikipedia

Morgan Robertson (n. 30 de septiembre de 1861 – 24 de marzo de 1915) fue un oficial estadounidense de la marina mercante, además de escritor y posible inventor del periscopio. Popularmente es conocido como el hombre que escribió en 1898 una novela titulada Futility, or the Wreck of the Titan, en la cual un transatlántico llamado Titán se hundía en las aguas del océano Atlántico al chocar con un iceberg.

El Titán se parecía de manera desconcertante al famoso transatlántico Titanic, el cual describe de manera casi idéntica, coincidiendo incluso con su peso, longitud y capacidad de pasajeros.

Increíble pero cierto. Esta novela trata sobre un palacio flotante que zarpó desde Southhampton para cruzar el Atlántico. Era el crucero más grande y lujoso jamás construido, y sus pasajeros eran los más distinguidos miembros de la burguesía mundial. Era descrito como inundible, pero estaba destinado a nunca alcanzar su destino: el casco sería abierto por un iceberg y se hundiría dejando apenas unos cuantos sobrevivientes. El crucero existía sólo en papel, en la imaginación del novelista Morgan Robertson.

Pero no acaban aquí las coincidencias. ¿Saben qué nombre le había dado a su barco ficticio? Titán…

Esta novela de ficción escrita se transformaría en aterradora realidad catorce años más tarde, cuando un crucero de verdad salió en su viaje inaugural. Este también estaba repleto de pasajeros ricos y nobles. También se encontraría con un iceberg y, como en la novela de Robertson, la pérdida de vidas sería inmensa, gracias a que no había suficientes botes salvavidas. Este barco era el Titanic, el cual se hundió en el Atlántico el 14 de abril de 1912, ¡el mismo mes que el Titán de la novela!

Robertson era un escritor que logró cierta notoriedad con sus historias y novelas cortas sobre la vida del mar. La mayoría de sus obras sólo se encuentran en microfilm, pero tras el estreno de la película Titanic (1997) su libro fue publicado nuevamente, posiblemente buscando acrecentar las ventas a raíz de tamaña coincidencia.

El Titanic y el Titán de Robertson eran similares en muchas cosas más que en la forma en que se hundieron en el mar. Ambos eran casi del mismo tamaño (800 y 882 pies), alcanzaban la misma velocidad máxima (24 nudos) y tenían la misma capacidad (+/- 3000 personas); el Titán llevaba 2000 pasajeros abordo y 24 salvavidas, el Titanic 2200 y 20 salvavidas. Ambos era “inundibles” y los dos se hundieron en el mismo territorio del Atlántico Norte con el casco frontal y en estribor abierto como una cuchillada, llevándose consigo la bandera de la nacionalidad de ambos botes, la inglesa.


Tras la tragedia del Titanic, Futilidad quedó para siempre marcado porque se convirtió en uno de esos libros que se leen más por curiosidad que por verdadero interés en el autor, que no es tan conocido. Su libro, como consecuencia del accidente, fue solicitado inmediatamente por las librerías de toda Europa y segundas y terceras impresiones empezaron a volar de las estanterías. Las similitudes eran demasiado cercanas como para ser ignoradas y Robertson fue rápidamente encasillado como un “visionario”. Pero igual de rápidamente pasó al olvido, a medida que las noticias del barco fueron desapareciendo de los diarios y la memoria del Titanic pasó a la historia.

Robertson había nacido en Nueva York en 1861, y había hecho su vida como marino mercante entre 1877 y 1886. La primera historia que escribió se llamó “La destrucción del más débil” y en menos de dos meses una revista se la compró para publicarla. El cheque que llegó en el correo fue de 25 dólares. Robertson, convencido de que podía vivir de la escritura, produjo entre 1896 y 1915 doscientas historias cortas y 14 libros, los cuales -aunque no eran obras maestras- llamaron la atención de los amantes de las aventuras y el universo marino. También es posible que sea el inventor del periscopio, según dicen, pues habría descrito un aparato similar en una novela, y lo habrían llamado para bosquejar aquello que parecía ser de tanta utilidad y un gran invento, pero que existía sólo en el papel.

No obstante esta información que fue apareciendo mientras investigaba con curiosidad sobre este escritor, me encontré con algo también impresionante, y es que en 1914 Morgan Robertson escribió otra de sus historias, la cual fue tan profética como la primera. Escribió una novela que se llamaba “Beyond the Spectrum” (Más Allá del Espectro). En ella Robertson describía una guerra en el futuro. Una que era peleada con aviones que lanzaban bombas, llamadas en el libro “bombas soles”. Estas eran tan poderosas que con una explosión brillante de luz enceguecedora, una sola bomba podía destruir una ciudad entera. Cuando Robertson escribió esto, los aviones apenas eran prototipos que vivían más en la tierra que en el aire y todavía no se consideraban como máquinas de guerra. Las bombas atómicas aún eran inimaginables. La guerra del libro de Robertson comenzaba en el mes de diciembre, mes en que comenzó la Segunda Guerra Mundial para los Estados Unidos con un ataque sorpresa de los japoneses a Pearl Harbour. ¿No es increíble?

Por supuesto que las similitudes entre sus escritos y la vida real no sirvieron de advertencia a nadie en ninguno de los dos casos. Si todos leyésemos libros y pensáramos con miedo si será algo que puede llegar a pasar, no viviríamos en paz, ¿verdad? Pero me pareció bueno compartir algo que me llamó tanto la atención, y que aunque fueron escritos como novelas lamentablemente terminaron siendo demasiado parecidos a la realidad.

Fuente: http://blogdecartelera.blogspot.mx/2008/06/morgan-robertson-y-el-titanic.html

El Naufragio del Titán – Morgan Robertson

Cuento corto: El centinela por ARTHUR C. CLARKE (1953)

El centinela, el cuento corto que constituye el origen de una de las historias más famosas de la ciencia ficción: 2001: una odisea del espacio.

La historia es sencilla. Un hombre de una base lunar descubre algo que brilla en una de las montañas lunares. Un día decide emprender una excursión con un amigo. El ascenso es complicado, y cuando culmina la cumbre encuentra una pirámide –no es una tableta metálica como en la película de Kubrick-. El protagonista infiere que la pirámide es un centinela de otra civilización, instalado en la Luna esperando que hubiera vida inteligente en el planeta con más probabilidades de la galaxia: la Tierra. El Hombre habría demostrado al descubrir la pirámide que ha llegado a un grado de civilización suficiente. Esta circunstancia habría hecho sonar una alarma en el planeta alienígena que instaló el centinela.

Clarke termina diciendo que esos aliens estarían ya viniendo hacia la Tierra. La conclusión encaja perfectamente con la moda de los flying saucers de los años cuarenta y cincuenta del siglo XX; una moda que se ha podido comprobar en agosto de 2010 con la desclasificación de los papeles que el Estado británico hizo guardar desde los años del gobierno de Churchill, sobre supuestos platillos volantes provenientes de civilizaciones alienígenas que vienen a la Tierra a echar un vistazo.

A este tópico podemos unir otro. El que “el centinela” sea una pirámide enlazaba con el misterio de las pirámides en América, Egipto y Asia que ya despuntaba a finales de la década de 1950, y que llegó hasta los noventa resucitada por la película Stargate e incluso con la titulada Alien vs. Predator. La idea es muy conocida: una raza alienígena llegó al planeta en los albores de la Humanidad, fueron vistos como dioses, y su presencia permite construir respuestas alternativas a preguntas que la arqueología y la antropología han ido contestando.

Resumiendo: es un relato corto, reescrito varias veces, que intenta transmitir la fascinación por la astrofísica y el vértigo ante la posibilidad de la existencia de una civilización superior a la nuestra. Clarke utiliza el mismo recurso en Cita con Rama y El fin de la infancia, y lo repite en la versión novelada de 2001: una odisea del espacio. De esta manera, Clarke cumple el tópico del escritor que escribe una y otra vez la misma novela.

Fuente: http://imperiofutura.blogspot.mx/2010/08/arthur-c.html

Reseña de la pelicula: Odisea en el espacion 2001

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